Mar adentro
Ayer fue el primer baño de inmersión que tuve en mi bañadera. En la casa que habito hace mas de tres años. Yo sola, sin estar acompañada. Les he preparado baños a amistades en momentos donde lo necesitaban; pero nunca uno a mí. Algo muy simbólico, que, de tanto psicoanálisis que llevo conmigo identifico rápidamente: estar para las demás personas y no así con una misma.
Prendí una vela —la única que tengo en mis cajones— como única iluminación del ambiente. Me serví media copa de tinto. Sonaba de fondo Stan Getz & Bill Evans.
Y me dejé llevar. Puse la mente, al menos durante unos cuantos minutos, en pausa; algo a lo cual que me resulta difícil llegar porque me encuentro siempre rodeada por mis pensamientos.
Sentí un placer que no experimentaba hace mucho tiempo: algo más que cuando comes algo que te gusta, más bien parecido a un orgasmo. Sentí como mi cuerpo se limpiaba pero no era como las duchas que me doy todos los días; esta vez, la limpieza resultaba en cambio.
Llegar al amor propio me costó largos períodos. Y acá no me refiero al que propone el sistema neoliberal del usar-tirar y ponerse por encima de todo sin pensar en les demás; hablo del quererse y darse pequeños placeres. Justamente entiendo que, estando en un mejor lugar —física, mental y emocionalmente—, podemos también ayudar mejor a quienes nos rodean.
Teniendo una bañadera en casa desde el comienzo, ayer me sumergí por primera vez, mar adentro. Y creo también que es la primera vez que me encuentro contándolo.
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