Los libros
La lectura siempre estuvo presente en mi vida. En casa, en el living, había una biblioteca gigante, llena de libros de todo tipo: política, arte, novelas, idiomas, historia, biografías, obras de teatro, de viaje, académicos, de poesía. También tenía la suerte de tener biblioteca propia en mi cuarto. Cuando era chica, me interesaba sobretodo la historia —de la humanidad y del arte— y la mitología griega. De ésta última, tenía una colección, recuerdo leerla horas y horas; me metía de lleno en ese mundo. Recuerdo entre los que me causaron gran impacto el comic Maus, sobre un sobreviviente del holocausto. Vivía otras vidas en los cuentos de Cortázar.
Los libros me permitieron transitar la primaria. Podría decir que me salvaron. No tenía amigues en la escuela en ese entonces, más bien todo lo contrario porque no pasaba desapercibida. El colegio era donde pasaba la mayoría de mis horas y la biblioteca del mismo era mi único lugar seguro —además de un escondite del que supe hacerme en ese edificio inmenso—. Me dejaba llevar completamente por las letras en los recreos y en el almuerzo.
En casa, a veces, mi abuela me pedía que le leyera. Ella sabía leer —hizo hasta sexto grado antes de entrar en una fábrica— pero le gustaba mucho que lo hiciese porque decía que mi voz la calmaba. Era un momento nuestro.
De aquellos libros que fui leyendo en el secundario, por fuera de la currícula, fui aprendiendo partes de la historia que no me habían contado. Muchos cambiaron mi vida para siempre; Operación Masacre fue uno de ellos.
Si tuviera que decir qué representan para mí, diría que permiten entender otras realidades, que son compañía, que te ayudan a trabajar la creatividad, que te conectan.
No veo la hora de que los tiempos que corren terminen y así poder leer en un café, al lado del río o del mar, o en medio de un viaje. Por ahora, habrá que leer en casa.
Los libros me permitieron transitar la primaria. Podría decir que me salvaron. No tenía amigues en la escuela en ese entonces, más bien todo lo contrario porque no pasaba desapercibida. El colegio era donde pasaba la mayoría de mis horas y la biblioteca del mismo era mi único lugar seguro —además de un escondite del que supe hacerme en ese edificio inmenso—. Me dejaba llevar completamente por las letras en los recreos y en el almuerzo.
En casa, a veces, mi abuela me pedía que le leyera. Ella sabía leer —hizo hasta sexto grado antes de entrar en una fábrica— pero le gustaba mucho que lo hiciese porque decía que mi voz la calmaba. Era un momento nuestro.
De aquellos libros que fui leyendo en el secundario, por fuera de la currícula, fui aprendiendo partes de la historia que no me habían contado. Muchos cambiaron mi vida para siempre; Operación Masacre fue uno de ellos.
Si tuviera que decir qué representan para mí, diría que permiten entender otras realidades, que son compañía, que te ayudan a trabajar la creatividad, que te conectan.
No veo la hora de que los tiempos que corren terminen y así poder leer en un café, al lado del río o del mar, o en medio de un viaje. Por ahora, habrá que leer en casa.
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