La de la 301
I
Me contaron de la señora de la 301 el
día anterior que operarían a mi abuela de la columna. Yo la fui a visitar como
todos los días a ese sanatorio de Recoleta que tiene crucifijos por todos
lados: en las habitaciones, en los pasillos, en la recepción… creo que solo
faltaría uno en el baño, ¡que Dios no permita, sea unisex!
En esa institución, te encontrás con
alguna que otra monja, que a veces acude a las habitaciones. Una vez Olga
—Nélida para quien recién la conoce, y Sra. para quien es un completo
desconocidx —, mi abuela, me comentó que aunque mucho ella no crea se
quedó charlando con una un largo rato. La verdad no es que descrea, sino más
bien la vida la llevo a eso. Pero esa es otra historia.
La de la 301. Yo le puse Amalia, aunque
de amorosa no tenga ni ápice. Amalita para las amigas, si es que las tiene.
Olga y la enfermera que vino entonces, de quien no recuerdo el nombre pero sí
que vive en el Tigre, me comentaron acerca de ella. Hace unos días la jefa de las enfermeras se presentó en su habitación ya que ella la había solicitado; para su
sorpresa, Amalia la miró y le dijo: “Yo quiero que sólo vengan a ocuparse de mí
chicas rubias. Rubias y que no sean del interior”.
II
La jefa de
enfermería era morocha, con rulos que parecían ser espirales sin fin, casi como
los míos pero no tan largos; a ese pelo Amalia lo denominó el de una fiera.
“Para colmo, seguro sos del interior, ¿no?”, contratacó.
No podía creer
este absurdo; había tenido que lidiar con pacientes de todo tipo, pero no se
encontró, hasta ese momento, con alguien que solicitara personal específico –específicamente
racista–. La jefa se dirige hacia la sala y le dice a la enfermera del Tigre:
“Anda vos porque sos la única rubia que hay en este turno”.
La del Tigre,
que tenía cara de Josefina, era rubia, aunque teñida; y nunca le dijo que era
del conurbano… ¡no sea cosa que Amalia desquite su odio hacia ella también!
Cuando Josefina le preguntó acerca de la comida, Amalia le respondió
que no comería nada del sanatorio, ya que lo que servían allí no estaba hecho para alguien
como ella; solamente tomaría el té del desayuno y la merienda “aunque no
sea mi favorito, el Green Hills, pero voy a hacer la excepción”. Que tupé. La
señora de los barrios altos se creía más bien señora de la realeza europea.
III
De pronto
ingresa su hijo a la habitación, la marica que vino de las Europas a visitar a
su madre, a quien iban a operar. La marica –y nótese que no digo puto, porque
el puto es peronista y de Pueblo– comienza a requerirle a todo el personal que
deben de tratar a Amalia con especial cuidado, como lo hacen “adonde vivo yo,
porque allá todo es mejor”, queriendo así lavar culpas del hecho de haberse ido
al viejo continente, dejándola sola a su madre. A la marica la voy a nombrar
Henry, por más que su nombre real pueda llegar a ser Enrique, ya que seguramente se
hacía llamar con un alias en inglés.
Cada enfermera
debe encargarse de un mínimo de cinco pacientes, por lo cual, la solicitud de
la marica era imposible de llevar a cabo. En todo caso, si Henry quería una
atención extra para con Amalia, hubiese contratado un personal aparte que
estuviese con ella las veinticuatro horas al día, los siete días de la semana;
y la hubiese mandando a un lugar para aquellos que son verdaderamente ricos, o
por qué no, ¡a Europa! Ay querida, si bien sabemos que en ese continente la
salud es sólo para quienes tienen dinero y cada cosa vale…
Henry le traía
a Amalia todos los días aquello que quisiera de su restaurant favorito de
Recoleta; me dijeron que solía vivir a base de pizza y tostados, cuando se
supone debía realizar una dieta estipulada. También un día llegó con una caja
de Green Hills que le había pedido su madre, para así agasajarla en su idiotez.
IV
Josefina
también tenía lo suyo igual, para serles francos. Me dice que ella no tenía
nada contra ellos (el otro, la sexualidad disidente) pero que
le molestaba cuando eran muy maricas. Del uno al diez, vos, ¿qué
tan marica sos?; como si hubiese una escala de mariconada en la cual uno puede
evaluar a qué nivel se encuentra, y hay un límite establecido entre la aceptable y
la que no.
V
Mi abuela reía
y tomaba la cosa con humor. Ella tampoco podría entrar a lo de la 301 porque,
aunque nació porteña, vivió toda su vida en Quilmes y Avellaneda; el
Conurbano es su lugar en el mundo. Un poco de eso me quedó a mí, que viví toda
la vida en Capital pero me críe entre berenjenas al escabeche y fin de semanas
en el Gran Buenos Aires. Pero Olga decía que no podría entrar por morocha,
mientras se mofaba de la (i)lógica en que transcurría toda la situación.
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