La melodía

Una fría mañana de invierno a principios de los años 20 Józef Cohen emigró con sus padres desde una ciudad de Polonia hacia Leipzig con apenas dos años de edad. Su padre, Henryk, era comerciante; tenía una panadería en la cual ayudaba su mujer y madre de Józef y su hermano, Franciszka. Ambos se levantaban ni bien salía el sol para comenzar a preparar los panes y masas que luego estarían sobre la mesa de familias varias. Contaba con un hermano menor que él llamado Nikolai. Tenían un departamento en un barrio medio que contaba con dos pequeños dormitorios, un baño y una cocina donde había una sencilla mesa en la cual comían en familia. Józef y su hermano iban a la escuela pública cerca de su casa; tenía algunos amigos y se sentía muy cercano en especial a uno, Edwin.

Edwin era alto, de pelo castaño enrulado y tenía los ojos de un verde oscuro tan extraño como atrapante. Amaba el ajedrez, ir al cine, andar en bicicleta; esos eran gustos que compartía con su amigo. Józef era un poco más bajo que él pero no mucho, su pelo era negro y sedoso, su piel era blanca como la nieve y sus ojos eran color café. Era un adolescente alegre, inteligente e idealista. Como cualquier muchacho de su edad, soñaba con un mundo mejor, en el cual no reine el odio y la intolerancia, sino la paz y la aceptación entre unos y otros. Los tiempos que se avecinaban hace ya rato eran lo contrario a ello: la guerra estaba cada vez más cerca, y Józef sentía que esta vez sería diferente, que ya no serían hombres contra hombres en el campo de batalla como lo fueron alguna vez sino que ahora el hombre se impondría ante todo sin importarle nada.

Tardes como aquella hacia mucho tiempo no sucedían, en que la temperatura sea cálida y en que el viento roce la cara pero no de manera brusca sino como compañía. Józef fue a buscar a su amigo y al llegar a su casa lo encontró tocando el piano. Su música era para él una dulce melodía, como si sus notas se elevasen hasta lo más alto mientras sus dedos se movían con gran agilidad y vehemencia. Pensó, entonces, que su espíritu y su soledad sólo eran comprendidos por su amigo Edwin. Tocaron juntos una pieza de Wolfgang Amadeus Mozart y luego una de Franz Schubert. Luego jugaron al ajedrez y Józef ganó la partida. Esta sería una de las últimas tardes que pasarían como adolescentes ya que sus estudios secundarios estaban por terminar.

Corría 1937, cuando Józef era ya estudiante de Medicina. Era el primero en su familia en entrar en la universidad ya que todos en ella eran comerciantes. Su padre, en especial, estaba orgulloso de él por ello. Ya tenía su propia casa y trabaja en un hospital. Józef seguía frecuentando a Edwin, quien era ahora estudiaba Derecho y trabajaba como pianista. La relación entre ellos se había vuelto aún más calida y cercana. Solían ir al cine juntos a ver películas (mudas debido a la época), también continuaban tocando el piano y jugando partidas de ajedrez como en los viejos tiempos.

Pero no nada era en verdad como antes: con la llegada de Hitler al poder, todo se había vuelto cada vez más duro. La discriminación hacia todos aquellos que este nuevo régimen considerase como su enemigo era cada vez más fuerte. Ahora Józef y su familia debían llevar cosida a su vestimenta una estrella amarilla, y el negocio de su padre Henryk debía llevar un letrero que decía “judío”. El terror y la exclusión parecía no tener fin. Así es como una noche oscura y fría de abril de 1938 detienen a Józef y a Edwin debido a una denuncia. Ambos son encarcelados luego de un juicio, alegando que habían cometido delito según el párrafo 175, sin embargo todo eran simples sospechas ya que nunca se los había visto así sino que eran suposiciones, pero asimismo fueron detenidos.

Una madrugada Edwin fue visto por última vez allí. Józef había escuchado por medio de rumores que seguramente lo habían trasladado a uno de los campos. Él sabía que pronto sería su turno. Sentía miedo, preocupación, desvelo, ansias, tristeza, perturbación. No podía dormir y pasaba sus noches y sus días haciéndose preguntas que nadie jamás respondería. ¿Cómo alguien podría estar en contra del amor? ¿Qué hay de antinatural en él? ¿Por qué el odio? ¿Por qué la intolerancia? Pensaba a menudo Józef.

Un mes más tarde, Józef es trasladado a Buchenwald. Todo lo que sucedió cuando estuvo encarcelado sería ahora mil veces peor. Su corazón latía como millones de máquinas a punto de estallar cuando llegó. Allí quemaron su brazo tatuándole un número que quedaría grabado en su piel: 17103. Ya no era más una persona, ahora era una cosa, una cifra. Le hicieron ponerse ropa a rayas de apariencia gris, la cual llevaba una estrella rosa cosida del lado izquierdo. Se le aisló a él y otro grupo de hombres en un bloque propio rodeado de alambre. Debían trabajar en la cantera, el cual era el trabajo más duro; lo hacían durante todo el día de manera terrible y sólo a veces les daban un pequeño trozo de comida. Estaban inmersos a un régimen del cual les era imposible escapar. Józef comenzó a bajar de peso rápidamente hasta dejar de tener apetito. Se tomaba de este grupo 1 de cada 30 para realizarles experimentos, los cuales eran los más terroríficos, dolorosos y humillantes. Muchas veces pensaba dónde estaría Edwin y rezaba para que él pudiese escapar donde sea que estuviese. Allí, en esos campos, las ganas de vivir y los sueños desaparecen; hasta la esperanza se ve nublada. A menudo Józef se sentía doblemente discriminado: aún otros prisioneros lo señalaban y lo miraban de mala manera. ¿Acaso no se dan cuenta de que soy un igual, de que soy un prisionero del dolor y la injusticia, tal como ustedes? Reflexionaba con tristeza.

La situación era ahora peor. Una noche Józef vió una ejecución. Dos hombres de las SS trajeron a varios hombres, los desnudaron y los pusieron contra un paredón. Horrorizado, Józef reconoció a Edwin. No lo había visto antes en el campo. Józef no podía moverse, estaba quieto como una piedra y no podía quitarle la mirada. Y allí estaba, ante sus ojos que comenzaron a llenarse de lágrimas y de impotencia sabiendo que él no podría hacer nada para cambiar el curso de su vida. Los de las SS comenzaron a pegarle, a escupirlo, a insultarlo de todas las maneras posibles. Józef creía que se iba a desmayar por tanto terror. Y de repente, se oyó una bala, que se dirigió directo a Edwin. Esa noche Józef se despertó en repetidas ocasiones gritando, queriendo que sea tan solo una pesadilla. Esta escena se repitió en su mente innumerables veces. Jamás podría olvidarse del asesinato de su amor ante sus ojos.

Días después, Józef fue trasladado a uno de los campos de exterminio. Sabía a donde lo llevarían: a una jaula asesina. Lo obligaron a desvestirse. Todo volvió a su mente en cuestión de segundos: el terror, el miedo, la tristeza. Atinó a mirar hacia la nada y comenzó a escuchar La Flauta Mágica. Sonrió. Sabía que lo esperaba.

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